El universo unamuniano en La Tía Tula

Por REBECA GARRIDO VIRTUDES

Cualquiera que haya leído La tía Tula puede caer en el extendido error de pensar que se trata de una novela corta, sencilla y comprensible. Tal y como han señalado numerosos críticos desde su publicación en 1921, La tía Tula es una de las obras maestras de Miguel de Unamuno, quien condensó en apenas 200 páginas la mayor parte de su pensamiento filosófico y, por supuesto, el de su gran referente: el filósofo danés Kierkegaard. Las cuestiones existenciales y los conflictos religiosos, como la lucha del individuo entre fe y razón, aparecen en numerosos pasajes de la obra. Pero para entender estas ideas debemos hacer una pequeña aclaración respecto a la misma.

Gertrudis, más conocida como la tía Tula, es el personaje en torno al cual giran todos los acontecimientos de la novela. Mujer atractiva e intimidatoria, no tiene ningún reparo en mover a sus anchas a todos los personajes de la obra. Sin embargo, Gertrudis es mucho más compleja de lo que pueda parecer a simple vista. A pesar de ser una mujer con unas fuertes convicciones religiosas, Tula se rebela contra el matrimonio y contra el mismo cristianismo («El cristianismo al fin y a pesar de la Magdalena es religión de hombres: masculino el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo», llega a afirmar en algún momento de la obra). ¿Quiere esto decir que Unamuno pretendía hacer una novela feminista en la que reivindicara el papel de la mujer en la nueva sociedad del siglo XX y criticara los postulados de la Iglesia Católica? No. De hecho, no son pocos los momentos en los que la represión sexual de Gertrudis adquiere un tono caricaturesco. Tras la muerte de su hermana Rosa, ésta se traslada a vivir con sus sobrinos y su cuñado, por quien siente una poderosa atracción sexual. Sin embargo, este impulso es sofocado por la protagonista, que ve las relaciones sexuales como algo sucio que la desprenderían de su pureza y castidad.

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Escena de la película La Tía Tula dirigida por Miguel Picazo en 1964

Pero el personaje de la tía Tula esconde aún más ideas unamunianas. Como señala Luis Alfonso Gómez Arciniega en «Tres estadios, dos filósofos y la Tía Tula», la protagonista de una de las mejores obras escritas en el siglo XX transita por varios de los estadios vitales de la filosofía de Kierkegaard, uno de los nombres que más influyó, no sólo en Miguel de Unamuno, sino en toda la Generación del 98. Así, el «hambre de la inmortalidad» lleva a Gertrudis a preguntarse sobre el sentido de la vida, cómo ser una buena cristiana o cuál es el papel que debe desempeñar la mujer para alcanzar la inmortalidad; y el debate entre fe y razón se ve claramente contrastado en la atracción sexual que siente por su cuñado, a quien rechaza sin miramientos. Además, Miguel de Unamuno hace otro pequeño guiño a la figura de Kierkegaard en la ruptura de Gertrudis y Ricardo, pues el danés también abandonó a la mujer a la que amaba debido a su carácter melancólico.

Por lo tanto, Gertrudis se debate entre el amor carnal y espiritual y, aunque representa todos los ideales de la madre virgen y casta como la Virgen María o santa Teresa, su pensamiento religioso está distorsionado. No es hasta su lecho de muerte cuando la protagonista admite sus errores y se imagina con Ramiro dando rienda suelta al amor, al más puro estilo de Cervantes. Ya en el prólogo Unamuno nos anticipa la similitud entre su personaje y el de la Mancha, aunque admite que esta coincidencia no fue concebida racionalmente.

Pero, ¿cuál era el verdadero objetivo que perseguía el salmantino con la publicación de esta novela? Si Miguel de Cervantes pretendía burlarse del seguimiento de los libros de caballería, ¿no buscaba Unamuno satirizar a todos aquellos que defendían la castidad? ¿Se trata realmente de una de las primeras novelas con tintes feministas que se publicaron en nuestro país? Si bien es cierto que cualquiera de estas teorías podría ser defendida, no debemos olvidar que La tía Tula fue escrita en 1921, años en los que el surrealismo y las ideas freudianas (como la envidia de pene o el complejo de Edipo) resonaban con fuerza en los círculos intelectuales europeos. Así, Gertrudis podría considerarse, en todos los sentidos, una femme fatale que somete a los hombres que se topan en su camino: su tío, su cuñado, su amante e, incluso, el padre Álvarez, de quien afirma: «¡No me entiende; hombre al fin!», porque, para la protagonista, los varones tan solo son «zánganos de colmena» cuya única función en la crianza de los hijos es la de inseminar a la hembra.

Por lo tanto, en La tía Tula encontramos alusiones psicológicas y carnales, literarias y filosóficas, existenciales y banales. Con La tía Tula Unamuno creó a su don Quijote, un ser alejado de las convicciones morales de la sociedad española del momento y que, pese a lo hilarante de sus ideales, los defiende hasta su lecho de muerte, ya sea luchando contra molinos o necesidades fisiológicas, enfrentándose a gigantes o al propio deseo.

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