Un Mundo Feliz, de Aldoux Huxley: Felicidad de metacrilato

Por ERIC SANABRIA

Durante gran parte del siglo XX, el género de la ciencia ficción estuvo relegado a los sectores más marginales del canon literario internacional. En sus páginas se han barajado fantasías que más tarde la ciencia ha hecho realidad sin que apenas seamos conscientes de ello. En la escuela no se recomiendan obras de Philip K. Dick, Isaac Asimov, Robert E. Heinlein, o Arthur C. Clarke, quizá porque en realidad no casan del todo con ninguna asignatura. Pero estos nombres tampoco son demasiado conocidos por alguien aficionado a lo que hoy en día y generalmente se entiende por «literatura», sin especificar género.

¿Por qué, entonces, es tan conocido Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley, y por qué es tan poco leído en comparación con 1984 de George Orwell? Porque ambos dieron su visión sobre algo que en realidad nunca se había inventado: la sociedad: Huxley presentó una utopía y Orwell una distopía. En mitad del auge del fascismo y el socialismo y los ires y venires de ideales y de líderes, Orwell contempló el poder absoluto a que muchos pretendían alcanzar e imaginó que lo alcanzaban. Y retrató la vida de alguien que no tenía nada que ver con las bombas, el estraperlo, las cartillas de racionamiento o las razones por las que modificaba artículos de hemeroteca. Alguien que ni siquiera recordaba el origen del conflicto de que formaba parte ya que no lo había vivido, pero que sí tenía que afrontar las consecuencias de los años pretéritos.

huxley

No podemos imaginar una distopía como la que Orwell describió ocurriendo en Europa. Ya
no. Hemos sobrevivido a ello. Y nos hemos metido de lleno en Un Mundo Feliz. En la obra de Huxley, la ingeniería genética determina el papel de cada individuo dentro de la sociedad, cuya división en castas y las castas en trabajos mantiene viva y respirando la maquinaria que mueve el mundo. Nadie está fuera de lugar, por lo que todo el mundo es feliz. Y en caso de verse sobrepasados por molestias, es libre de hacer cuanto quiera para quitarse cualquier malestar que en su felicísima existencia pueda llegar a aparecer, convirtiendo así cualquier problema en algo transitorio. No hay tapujos con la desnudez ni el sexo, pues la reproducción se produce en los tubos de ensayo transportados por cintas. No hay apenas restricciones geográficas para viajar por todo el planeta, siempre que uno pueda permitírselo; el cine ya no sólo se mueve, sino que además se siente; el deporte y sus instrumentos calman los instintos sociales a la vez que tornan el cuerpo. Y para todo lo demás, están las pastillas de Soma.

En nuestra sociedad post industrial ya no sólo se nos venden productos, sino emociones. Estamos perpetuamente conectados a una fuente inagotable de distracciones que nos cabe en el bolsillo. Prácticamente cualquier hobby requiere una inversión en equipamiento o infraestructuras que ha de ser mantenida de una manera o de otra a lo largo del tiempo que dure dicha actividad. Podemos elegir el sexo, el color de ojos o de pelo de nuestros hijos. Nos relacionamos socialmente con gente de nuestro mismo estrato socioeconómico (el cual, por supuesto, todos somos capaces de discernir a simple vista: diferenciamos un pijo de un perroflauta, por ejemplo). Si las distracciones no son suficientes para quitarnos el malestar de la cabeza los psicólogos nos ayudan con sus terapias y los psiquiatras con sus pastillas en un intento de acercarnos a la normalidad mental, no sea que los pensamientos deriven en daño hacia uno mismo, o lo que es peor, hacia el establishment.

En Un Mundo Feliz, el arte nunca se entiende como expresión de una realidad interna, sino como un fin comercial. Uno de los personajes secundarios de la novela tiene la urgente pulsión de crear verdadero arte y no las melodías con que decora anuncios publicitarios. El protagonista, un Alfa venido a menos por una o dos gotas extra de alcohol en la solución de su embrión que lo dejó algo menos alto y menos guapo que al resto, es capaz de ver que el determinismo del sistema en que vive no es natural y que los placeres que experimentan están ahí puestos por la mano de alguien que nadie conoce y mucho menos ve. A ambos se les dice que se distraigan, que nadie comprenderá su arte o sus cuestiones filosóficas. Se les dice que se diluyan con y como el resto.

Nadie se sale de las líneas establecidas, porque están contentos donde están. Y en estas estamos hoy en día, en el siglo XXI. Compra, no te preguntes, ten hijos y diles que hagan lo mismo. Sólo así serán felices. Y todos queremos ser tan felices como nuestro vecino, y nuestro vecino tanto como los modelos de las vallas publicitarias.

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