El sabio no ríe sin temblar

Le rire est satanique, il est donc profondément humain. Il est dans l`homme la conséquence de sa propre supériorité ; et, en effet, comme le rire est essentiellement humain, il est essentiellement contradictoire, c´est-à-dire qu´il est à la fois signe d´une grandeur infinie et d´une misère infinie[1].

Charles Baudelaire

Por Ricardo Stern, escritor y arquitecto del paisaje

Unos acusan a la risa de diabólica y otros la veneran como bálsamo. Para unos, es el lenguaje mismo de la seducción y la inteligencia. Para otros, crueldad pura. Grotesca expresión de insolencia e intemperancia, impropia en los espíritus comedidos y en las almas santas, o lenitivo que hace la vida llevadera en este valle de lágrimas y quebrantos, lo cierto es que en el Paraíso no se conciben ni el llanto ni la risa. No son necesarios. Se pueden concebir expresiones de alegría inocente, semejantes por encima a cierta risa, pero no la risa auténtica, la carcajada, la sacudida tumultuosa que desfigura el rostro del hombre caído. Sin ser un tema filosófico central, su estudio tampoco ha carecido de interés. De Aristóteles a Bergson, pasando por Baudelaire o Spencer, el extraño y a la vez elemental fenómeno del reír ha llamado siempre la atención de los estudiosos del alma humana y sus profundidades. La risa tiene un componente animal, como expresión de placer, quizá equivalente al perro moviendo la cola o el gato ronroneando, pero sin duda tiene también un contenido intelectual y moral, que es lo que la hace intrigante, exclusivamente humana, única en el reino animal. Al final, cuando no de lo puramente grotesco, nos reímos de los vicios y de las torpezas, y de este modo la risa sirve como “alarma” o “brújula” –solo para quien no ha perdido el natural sentido del ridículo–, que permite reconocer acciones que es mejor evitar. Es decir, la risa es un método –algo cruel a veces, pero efectivo–de educación. Pero a la vez, es un método que bien puede cargarse, vaciar, obnubilar a quien lo usa, pues tiene su propia hybris, y de ahí que se la vea como diabólica: es un método en el cual el que lo aplica no tiene la más remota duda de su superioridad. Sólo se ríe el superior, el que se siente seguro, el que no cree padecer esos vicios ridículos, el que dice en el secreto de su conciencia: “Yo jamás tropezaría con esa cáscara de banana… Yo jamás confundiría mensajeras con me exageras… Yo jamás creería que un político puede redimir a una sociedad…”

La risa, pues, exhibe al ridículo, previene a otros contra la ridiculez y revela la seductora inteligencia del que la sabe usar, a la vez que lo pone en peligro de un pecado a veces mayor que el que es objeto de sus burlas, si no conoce sus límites. De ahí la admonición que hace Baudelaire en su ensayo sobre la risa y la caricatura, y que da título a este artículo: Le Sage ne rit qu´en tremblant. Para empezar, no cualquier vicio o torpeza es risible. Existe un rango en que la risa es refrescante, educativa, inteligente, pasando del cual se vuelve una torpeza, un vicio o un pecado en sí misma. Es cierto que de todo se puede reír uno, en última instancia, pero cuando se transgreden los límites, sólo hará reír a alguien perverso o muy badulaque. Nadie medianamente justo se ríe, por ejemplo, de la pederastia, de la muerte de un niño o de un atentado terrorista.

Aquellos temas clásicos de la comedia, que se repiten desde la remota antigüedad y hasta nuestros días, son el terreno natural de la risa justa. La avaricia, la obstinación, el afeminamiento, la cobardía, el engreimiento, la ignorancia, la irracionalidad, la ira, la idolatría, la pereza, la seriedad excesiva o pedantería, o la lujuria son los temas clásicos de la comedia, siempre que sus consecuencias no sean graves, claro. Se ríe uno del avaro que perdió su olla con oro, del pedante que resbala o le cae un pastel en la cara justo en el momento en que comienza o se dispone a aleccionar a otro, del tonto hipotético que podría creer que los ajos mejoran la circulación en las carreteras, del perezoso que prefiere que su mujer le traiga el remedio para el piquete de un insecto antes que pararse para evitarlo, el idólatra necio que pone tal confianza en otro ser humano o en un objeto, que su culto resulta ridículo, el furioso al que las venas le saltan a la menor provocación y profiere insultos abigarrados y, mejor aún, anticuados, el que se dice valiente pero muere de miedo ante cualquier peligro real y, en fin, de cualquiera que se tome demasiado en serio a sí mismo. La envidia, el homicidio, la venganza, la soberbia a niveles elevados, formas extremas de lujuria (parafilias), y algunos otros males, suelen quedar fuera del humor clásico, por la seriedad de sus consecuencias, y porque el asco, el vértigo y el horror que provocan no son cómicos en absoluto.

El insulto “sinvergüenza” tiene, en esta luz, mucha pertinencia, pues perder la vergüenza o el sentido del ridículo es, ciertamente, grave, y esos sinvergüenzas serán ya inmunes a la mortificación que en una persona normal debe causar la risa justa sobre su conducta. Y es que una cosa es ser independiente, no vivir preocupado de cada nuevo grito del “qué dirán”, etcétera, y otra muy distinta es caer en el genuino ridículo y alzarse de hombros.

Nuestra época es estéticamente pobre. Incluso positivamente fea en gran cantidad de aspectos y, por supuesto, más en unos lugares que en otros. Pero la comedia florece quizá más que nunca antes en la historia, y esto no es casualidad. Todos hacemos o compartimos memes, todos somos un poco payasos, cada político es un bufón en potencia o en acto, hay miles de chistes sobre cualquier cosa, y a veces pareciera que la única salida ante la tiranía de la corrección política, la aberración caricaturesca del fanatismo o la frivolidad que sólo las comodidades modernas podían habernos dado, es la risa. Una risa continua, intensa y, también, algo macabra y desoladora de pronto. Una risa que acaso no es sino patente y paradójica señal de una época próspera pero en parte triste y siniestra, risa que pasa, al menor descuido, de ser un leve y pasajero alivio ante los sinsentidos y ridiculeces del mundo a ser un hastío. Quizá si explorásemos en las profundidades de aquellas grutas del alma donde nacen esos gorgoteos que, oídos a flor de tierra, parecen alegres, encontraríamos que en su origen son más bien un gran y único grito de ahogada angustia y dolor por el Paraíso que nos prometió, marrullero, el árbol de la ciencia y que, en realidad, presentimos cada vez más lejano y perdido.

[1] La risa es satánica y, por lo tanto, profundamente humana. Es en el hombre la consecuencia de su propia superioridad; y, en efecto, como la risa es esencialmente humana, es esencialmente contradictoria, es decir, que es a la vez signo de una grandeza infinita y de una miseria infinita.
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