Lunas de Júpiter, Tierras de Trappist-1

Por ANDRÉS PARÍS

«Los planetas están muy cerca uno del otro y
muy cerca de la estrella, lo que recuerda mucho
a las lunas alrededor de Júpiter».
Michaël Gillon.

En enero de 1610, mes albor de la Ciencia en que a golpe de evidencia y evidencias de golpe también se derribaron paradigmas de tamaño cósmico, Galileo Galilei descubría, alzando al firmamento su telescopio casero, cuatro cuerpos que parecían no abandonar la órbita de Júpiter y que rápidamente fueron descartados como estrellas al fondo del cielo. Ío, Europa, Ganímedes y Calisto se convertirían, con el tiempo, en pilares firmes y mitológicos que sostuvieron la idea universal de Copérnico en que no todos los celestes del sistema solar giran en torno a la Tierra.

Cuatro siglos después, el 23 de febrero de 2017, con unos sistemas de detección que el progreso de la técnica ha hecho mucho más refinados por supuesto, se publicaba en la revista Nature el registro de siete exoplanetas orbitando alrededor de la estrella enana, roja y ultrafría Trappist-1, situada a unos 40 años luz de nosotros, en la constelación de Acuario. La diferencia con el hallazgo del científico italiano no radica tanto en la sorpresa que pudiera suscitar en la comunidad de su momento, sino en el método experimental de estudio. Mientras Galileo observaba y anotaba las posiciones de las lunas de Júpiter de forma directa, por su relativa proximidad, con sus ojos y un sistema de lentes poderosas; el grupo de investigadores liderados por Michaël Gillon, astrónomo de la Universidad de Lieja, indirectamente, fundamentó la existencia del sistema planetario -y algunas de sus características como la masa, la temperatura y el tamaño de sus cuasi Tierras asociadas-, por un lado, en las periódicas disminuciones de luminosidad procedente de la estrella por el bloqueo que ejercen los exoplanetas transitando entre nosotros y Trappist-1 y, por otro, en las influencias gravitacionales con que se tiran y aflojan al ritmo del vals interestelar el octeto de baile. De forma parecida, sería como advertir la presencia de nuestra luna, no por su albo nacarado en la noche, sino por los eclipses y mareas que genera cada cierto tiempo de forma regular y predecible en nuestra superficie.

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Recreación del sistema Trappist-1 con sus siete planetas – NASA/R. Hurt/T. Pyle

El descubrimiento de mundos exteriores a nuestro querido sistema solar no es cosa nueva -ya nos estábamos acostumbrando a que siguieran los «cazaplanetas» engrosando el contador del planetario de Madrid-. Lo verdaderamente sorprendente de la noticia es el haber hallado, en un mismo sistema, siete planetas de tamaño y masa similares al nuestro -tres de los cuales localizados en la «zona de habitabilidad»- con posibilidad de albergar agua en estado líquido, que es una pieza fundamental del puzle de la vida tal y como la conocemos de momento. Todo un hito en número y posibilidades de agua.

Siendo tan fría y pequeña Trappist-1, en términos estelares y en comparación con el Sol, los siete caballeros de la mesa elíptica alcanzan sus temperaturas templadas a causa de su extraordinaria proximidad con la estrella. De hecho, las órbitas de los citados planetas son tan apretadas que cabrían, con bastante holgura, en el anillo que describe Mercurio en el sistema solar. De pasar unas vacaciones espaciales en alguno de ellos -mejor elegir uno en la zona habitable-, además de caer extenuados al celebrar innúmeras Nocheviejas (el año dura en función del mundo entre 1,5 y 20 días), sería más que probable encontrarnos en el cielo con estampas propias de ciencia ficción: planetas en que incluso distinguiríamos las masas de nubes -en caso de poseer éstos atmósfera-, que no tendrían nada que envidiar a los cráteres de Selene distinguibles desde la Tierra.

Pero la distancia, además de las numerosas diferencias inhóspitas con nuestro hogar, hace que esto sea una mera fantasía impracticable a día de hoy y en un futuro cercano. A velocidad de las sondas que han empezado a alcanzar los límites de nuestro sistema solar tardaríamos unos 300.000 años en aterrizar en las tierras de Trappist-1 y no esperaríamos encontrarnos con unas formas de vida, de haber evolucionado quizás, muy parecidas a las que pueblan las selvas y los mares. La luz que emite Trappist-1 es infrarroja -fotones de baja energía- y la naturaleza de los siete exoplanetas, desde la gruesa especulación, debería estar adaptada a la circunstancia: hojas rojas para la fotosíntesis, ojos infrarrojos y un metabolismo muy ralentizado. La idea de imaginar un perezoso trepando por una arborescencia otoñal a 40 años luz es, cuanto menos, curiosa.

Lo cierto es que solo los venideros resultados, en forma de datos proporcionados por los telescopios de nueva generación como el James Webb Space Telescope, podrán arrojar algo de luz visible a todo este asunto de la vida, analizando la composición atmosférica en busca de moléculas y productos de la actividad biológica. Puede que Galileo, desde alguna de sus lunas, esté sonriendo.

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