El Neoplatonismo: El Universo como fuente de inspiración poética

Por REBECA GARRIDO VIRTUDES

Desde que el ser humano tomó consciencia de su papel en el mundo, no tardó mucho en dirigir su mirada hacia la bóveda celeste que cubría la tierra que pisaba. Aunque es imposible saber quién fue el primer hombre o mujer que intentó comprender el Universo, numerosos son los testimonios que han llegado hasta nuestros días y que aportan información sobre hasta qué punto el Cosmos se convirtió en casi lo que podríamos denominar una obsesión para las mentes más inquietas de las primeras civilizaciones. Los egipcios ya observaron las constelaciones y la posición solar con el fin de plasmar sus conocimientos en las monumentales construcciones fúnebres que permanecen prácticamente intactas a día de hoy. Los caldeos -naturales de Caldea, antigua región de Mesopotamia – creían que la posición de los astros determinaba el comportamiento de los seres humanos, por lo que desarrollaron una auténtica ciencia que denominaron astrología. En el 270 a.C., el astrónomo Aristarco de Samos defendió por primera vez en la historia el heliocentrismo cuando aseguró que la tierra no era el centro del universo, sino que se trataba de otro simple astro que giraba alrededor del Sol. Más de 2000 años después estas cuestiones siguen sin obtener respuesta, pese a los avances obtenidos gracias al estudio de muchos otros personajes a los que no nos da tiempo a analizar pero cuyas aportaciones han sido indispensables para comprender lo que hasta ahora sabemos.

Esta inquietud innata del hombre por comprender el origen del Universo resucitó con fuerza en el Renacimiento gracias, en gran medida, a la labor llevada a cabo por la Academia Platónica de Florencia que dirigía Marsilio Ficino. La nueva corriente filosófica aunaba las teorías platónicas y la concepción cristiana, cerrando de este modo la puerta a San Agustín y el aristotelismo hegemónico durante siglos. La Naturaleza se convierte de nuevo en un espacio donde Dios se manifiesta, y, aunque se trata de una naturaleza idealizada, transmite paz y sosiego a cuantos se refugian en ella. El neoplatónico siente un deseo incontrolable por conocer la verdad y para ello la única herramienta de la que dispone es la intuición.

Todas estas ideas neoplatónicas serán muy bien recibidas por la Escuela de Salamanca y, en particular por su máximo representante, Fray Luis de León, quien, tras su ingreso en prisión por la denuncia de sus compañeros de universidad, caerá en un ofuscado afán por alcanzar la armonía y paz interior. Para el desarrollo de su poesía beberá de distintas fuentes (tradición clásica, neoplatonismo filosófico, estoicismo moral, cristianismo), pero todas ellas coincidirán en exaltar el camino de la soledad y el retiro como único medio para alcanzar la quietud del alma.

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Fray Luis de León se convirtió en el máximo representante de la Escuela de Salamanca

Horacio será su gran referente, el que le indicará la dirección que debe tomar en su misticismo. La contraposición entre el otium/negotium horaciano (campo/ciudad) sumergirá al poeta en los rincones más ocultos de la naturaleza y el Universo, ese lugar al que el alma pertenece y en el que puede finalmente unirse con Dios. En su «Oda a la vida retirada» ensalza la vida de quienes han escogido una vida tranquila por encima de la fama y el dinero, aquellos seres anónimos que, al renunciar a la notoriedad y las intrigas, han alcanzado la sabiduría plena y la felicidad:

Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.

Esta idea de raíz estoica y epicúrea será retomada un siglo después por Francisco de Quevedo, editor de la poesía de Fray Luis, en su soneto «Dichoso tú, que, alegre en tu cabaña / mozo y viejo aspiraste el aura pura».

La «Oda a Francisco Salinas», organista de la catedral de Salamanca, supone el máximo ejemplo de la fusión de las ideas neoplatónicas y cristianas en el agustiniano. Gracias a la música de Salinas, el alma del poeta consigue abandonar la tierra y elevarse a los astros, origen al que pertenece. Detrás de esta oda se esconde, naturalmente, todo el ideal neoplatónico: el alma que, seducido por los bienes terrenales, ha olvidado el mundo divino.

Fue W. J. Entwistle quien, en 1927, señaló la influencia de Macrobio, escritor y gramático romano, en Fray Luis. En Macrobio pueden observarse las grandes preocupaciones cosmológicas del religioso: el alma que cae al mundo por las preocupaciones terrenales y olvida su origen. «El hombre puede conocerse solo de una manera», escribió el romano, «si mira atrás hacia su primer origen y no se busca a sí mismo en cualquier otra parte».

Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera,
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es la fuente y la primera.

También Pitágoras estableció una conexión entre el Universo y la música. Gracias a Aristóteles sabemos que los pitagóricos consideraban que el movimiento de los astros originaba una armonía musical, de modo que la velocidad de cada cuerpo celeste creaba un sonido distinto debido a su lejanía con respecto al centro de la Tierra. La música que todos ellos creaban, en consonancia, producía la armonía celestial que, para los renacentistas, era dirigida por un único director: Dios.

Fray Luis no solo desconocía el funcionamiento del Universo, sino que tampoco intentaba comprenderlo. Para él, el fin del hombre no era penetrar en los reductos más intrínsecos de la Creación, sino disfrutarlos aceptando que no se puede comprender lo incomprensible. Por ello se deleitaba con placeres cotidianos que, para la mayoría de sus contemporáneos, pasaban inadvertidos: el sol, el huerto, el mar o el campo. Como sentenció en su oda más conocida:

«¡Oh monte, oh fuente, oh río!
¡Oh secreto seguro, deleitoso!». 

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