Ecos del 27 en la poesía de Francisco Umbral (I): La visión umbraliana de Aleixandre y Cernuda

Por MARINA CASADO

Francisco Umbral leyó las obras de Vicente Aleixandre y Luis Cernuda siendo muy joven. En novelas y ensayos repite la anécdota de que, durante un viaje con amigos a Londres, se encontró en la casa donde vivía Cernuda, pero que el poeta se negó a recibirlos. A Aleixandre sí llegó a conocerlo y a establecer con él una relación de amistad.

Fue la apertura al mundo y a la luz para nuestra
adolescencia sombría. […] Era la altura, el
deslumbramiento, la luz, la pasión, el paraíso
sin sombra, todo eso que el adolescente sabe
que está en algún sitio y no lo encuentra (Umbral,
1994: 175).

Así describe a Umbral a Vicente Aleixandre en el capítulo que le dedica dentro de su colección de artículos y ensayos Las palabras de la tribu. Mientras para todos los demás escritores -de varias generaciones- que desfilan por las páginas de este libro tiene palabras críticas, o de reserva, en el caso de Aleixandre su valoración es absolutamente positiva. Aleixandre era, para Umbral, un faro en la oscuridad de la dictadura franquista, un paréntesis de luz, un refugio de auténtica poesía. Un ser elevado que, sin embargo, gustaba de vivir entre los hombres. De él destaca, por encima de todo, la pasión por la vida, su dedicación absoluta a la poesía, su alejamiento consciente de cualquier tipo de ideologización, como si viviera en una dimensión atemporal, exclusivamente poética. La Naturaleza presente en los poemas de Aleixandre es, muchas veces, una Naturaleza intuida o soñada, debido a la condición de enfermo crónico del poeta. Pero esto, para Umbral, no constituye una limitación, sino al contrario: eleva aún más la consideración que de él tiene.

La huella más visible de Vicente Aleixandre en la obra poética umbraliana es, sin duda, la constante metaforización. Dice Umbral: «Su primer libro, éste, Pasión de la tierra, lo leí de muy joven, encontrando que estaba entre la greguería y el surrealismo: “Las viejas respiran por sus encajes”»(1994: 175). La poesía umbraliana también se encuentra plagada de metáforas que casi podrían considerarse greguerías –teniendo en cuenta la importancia que atribuía Umbral a Ramón Gómez de la Serna–, hasta el punto de que existen poemas que constituyen una sucesión de imágenes precisas e ingeniosas, como «La lluvia»:

La lluvia es un paraguas
que perdió las varillas,
la lluvia es un caballo
que se escapa en la noche,
la lluvia va desnuda,
es la loca del pueblo,
y lleva en la cabeza las coronas de agua
que trae la primavera a los dioses en seco.
(2009: 142)

Precisamente, la ausencia de metaforización es la crítica más importante que Francisco Umbral realiza a la obra de Luis Cernuda: «Cernuda decide suprimir la metáfora, pero la sustituye por algo peor: un énfasis, un punto de vista del poeta […]. Ejerce un misoneísmo difícil de aguantar» (1994: 180). Umbral, al igual que Aleixandre, prefiere sugerir al lector que sentar cátedra. Umbral siempre fue muy crítico con la persona de Cernuda, atribuyendo gran parte de su fama a la valentía a la hora de declarar su homosexualidad en su obra, y llegando a afirmar que «Cernuda era gran poeta y mala persona» (1994: 182).

umbral

Sin embargo, y a pesar de sus reservas, se aprecia influencia de Cernuda en la obra poética de Umbral, incluso a simple vista, si solo hojeamos los títulos -no cabe duda de que al escribir «Preludio para un cuerpo», Umbral pensó de manera consciente o inconsciente en los «Poemas para un cuerpo» del sevillano-. Lo más evidente es ese spleen cernudiano, vinculado a un pesimismo crónico, a una desesperanza, a un cansancio que envuelve la poética de uno y otro -radicalmente contrario a la pasión, incluso la euforia, exhibida por Aleixandre-. En el caso de Umbral, el fallecimiento de su hijo a los cinco años -tras una dolorosa y larga enfermedad- dejó en él un poso de amargura y una permanente tendencia a la contemplación de la muerte como algo cercano, siempre presente.

Pero esa perspectiva pesimista la encontramos en Umbral incluso antes del fallecimiento de su hijo. Relacionado con esto, en su biografía, Anna Caballé refiere una curiosa anécdota ocurrida en 1950, en la juventud del escritor. Durante un recital poético celebrado en el Teatro Carrión de Valladolid, Umbral:

Leyó con su voz enfática: «Estoy cansado…,
estoy cansado…, estoy cansado…, estoy cansado».
Lo repitió un montón de veces. Después
salió del escenario con […] solemnidad.
Hay un poema de Luis Cernuda titulado
«Estoy cansado» que pudo darle la idea. Forma
parte de su libro Un río, un amor, publicado
en 1929 (Cabellé, 2004: 111).

Esta anécdota nos plantea la cuestión de hasta qué punto era consciente Umbral de la influencia que sobre él ejerció la obra de Cernuda, y la pregunta de por qué se mostraba tan escéptico ante esa idea.

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