El hereje, novela cumbre de Miguel Delibes

Por JOSÉ MARÍA ARIÑO

La dilatada trayectoria narrativa del escritor vallisoletano Miguel Delibes comienza en 1947 con La sombra del ciprés es alargada y acaba medio siglo después con una de sus novelas más representativas: El hereje (1998). De entre las 26 novelas que escribió durante su larga andadura destacan El camino (1950), Cinco horas con Mario (1966) y Los santos inocentes (1981). Es verdad que todas ellas forman parte de las señas de identidad del autor castellano, pero hay algunas que se han convertido en hitos más relevantes de una evolución literaria rica y creativa. En la cima de todas ellas encontramos una novela sorprendente, única, original. Porque Delibes nunca había abordado de una manera directa la novela histórica, ni mucho menos este buceo en la España de la primera mitad del siglo XVI. Por eso El hereje provocó en primer lugar sorpresa y perplejidad, pero luego despertó la admiración de los lectores y el elogio de la crítica.

Hay que valorar en El hereje la labor de documentación del autor castellano, aunque el trasfondo histórico -esa historia convulsa de los primeros años del siglo XVI español- sirva en cierto modo de telón de fondo de una historia en la que las personas ocupan un lugar preeminente, como en todas las obras de Delibes. En esta excelente novela, este escritor de talante humanista sigue fiel a sus principios y, a partir de la figura de Cipriano Salcedo, un comerciante inquieto y abierto a las nuevas corrientes de la reforma luterana, construye una novela de herencia galdosiana y en la línea ideológica de algunos escritores de la Generación del 98. Porque Cipriano Salcedo representa la independencia intelectual y la libertad de pensamiento. Una libertad a la que ya habían aspirado los protagonistas de Mi idolatrado hijo Sisí, de Cinco horas con Mario o de Parábola de un náufrago. Recordemos a los protagonistas masculinos de otras novelas -en algunos momentos alter ego del autor- y comprobaremos cómo quieren romper barreras, luchar contra el lastre de una sociedad conservadora e intentar traspasar los límites de unas leyes obsoletas y caducas.

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Otro de los aspectos a tener en cuenta en El hereje es la recreación en la infancia de Cipriano, que nos acerca a episodios inolvidables de El camino y a situaciones realistas de El príncipe destronado. El mundo de la infancia, que aparece ya en su primera novela, La sombra del ciprés es alargada, vuelve a esta última creación con la fuerza de lo verosímil y en un contexto de penurias y dificultades familiares y sociales. Además, para un ecologista aficionado a la caza, no pueden faltar escenas, como la pericia del bichero Avelino para cazar conejos o la experiencia del doctor Cazalla, experto conocedor de todo tipo de pájaros. Vuelve a surgir, por tanto, en esta última novela el Delibes ecologista, que se preocupa por el medio ambiente. Pero también hay un guiño al abandono del mundo rural, a las inquietudes comerciales y a los problemas del ámbito familiar. Hay otro detalle, casi barojiano, que merece la atención del lector: la acertada descripción de los personajes femeninos, que reflejan situaciones reales conflictivas relacionadas con los grandes temas universales: el amor y la muerte. Teodomira, la esposa de Cipriano, vive obsesionada con una descendencia que no llega hasta acabar en la locura; Minervina, la acogedora y fiel nodriza, que acompaña al protagonista hasta la muerte en la hoguera; Ana Enríquez, ese amor idealizado que no llega a consolidarse y que queda esbozado como un proyecto de futuro roto. Y, por supuesto, la muerte de su madre después del parto, que deja una estela de soledad en la familia, tal como le ocurrió a Delibes cuando se quedó viudo y se vio envuelto en la soledad y el desamparo.

No podíamos terminar este breve acercamiento a El hereje sin hacer referencia a uno de los aspectos más relevantes de la prosa de Miguel Delibes: su estilo. Su prosa sigue rezumando autenticidad y precisión, su vocabulario rescata palabras olvidadas y su tejido narrativo fluye natural como un torrente sereno y caudaloso. Hay que destacar sobre todo los últimos compases de la novela. En estas páginas inolvidables, el autor vallisoletano nos acerca a un mundo dominado por la intransigencia, a la cara más negra de la Inquisición y a un hombre que mantiene hasta el final su coherencia, la fidelidad a unas ideas y la aceptación con entereza de una tortura mortal e inhumana.

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