León Felipe, un poeta olvidado

Por JOSÉ MARÍA ARIÑO COLÁS

El poeta zamorano León Felipe ha entrado desde hace unas décadas en el limbo del olvido. Las ediciones de sus libros son casi casi testimoniales y es muy difícil encontrar alguna antología de sus poemas en las librerías e incluso en algunas bibliotecas. Y es una pena, la verdad, que dejemos en la cuneta literaria a un poeta que durante gran parte del siglo XX nos regaló unas composiciones vibrantes, profundas, intensas y a todas luces reivindicativas. Por eso, llama la atención que algunos manuales de literatura y algunos críticos poco avezados hablen de León como un poeta secundario.

Menos mal que algunos amigos como Juan Larrea, Luis Cernuda o Luis Felipe Vivanco lo rescataron en vida del pozo del olvido. Desde su Tábara natal hasta la capital de México, donde todavía reposan sus restos, Felipe Camino Galicia inició una peregrinación vital que le llevaría por varias provincias de España y por países tan distintos como Guinea Española, Estados Unidos, Panamá y México. Esta peregrinación viene asociada a una andadura poética que, cual romero imprevisible, nos ha dejado un rico manojo de poemas surcados por un aliento vital inconformista y por una radical independencia ideológica y estética. Los poemas de su primer libro Versos y oraciones del caminante -publicado en Madrid en 1920 y en Nueva York en 1929- obedecen ya a una intencionalidad claramente nómada. Un nomadismo que asentará sus raíces en la poesía de sus contemporáneos Antonio Machado y Miguel de Unamuno, sin olvidar la tradición literaria española que se remonta a nuestros clásicos medievales y renacentistas. Los versos que introducen esta primera antología son elocuentes:

Voy con las riendas tensas

y refrenando el vuelo

porque no es lo que importa llegar solo ni pronto,

sino llegar con todos y a tiempo.

Esta visión de la vida como una aventura imprevisible viene asociada al carácter quijotesco de un autor que tuvo que elevar su voz contra las injusticias y recrearse en el mundo etéreo de los sueños. León Felipe, al igual que el personaje cervantino, atraviesa el páramo cultural de la España de principios del siglo XX como si fuera la llanura manchega: vencido, desolado y cargado de amargura.

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Ya en tiempos de la segunda República, Gerardo Diego lo incluye en su rigurosa antología –Poesía española– de 1934. Allí se confiesa y define su poesía como «una fuerza que lo conmueve todo por igual, este fuego que lo enciende, que lo funde, que lo organiza todo en una arquitectura luminosa, en un guiño flamígero, bajo las estrellas impasibles». Precisamente en su primer libro se declara alejado de la ornamentación y musicalidad del modernismo, al igual que Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez. Sus señas de identidad están plasmadas en estos contundentes versos:

Deshaced este verso,

quitadle los caireles de la rima,

el metro, la cadencia

y hasta la idea misma.

Aventad las palabras,

y si después queda algo todavía

eso

será la poesía.

Estas palabras perfilan el camino posterior de León Felipe. Un camino que quedará muy ligado a la poesía de su admirado Walt Whitman. Precisamente durante su estancia en Estados Unidos escribirá Drop a star. En ella intensifica el carácter juglaresco de sus versos, se inclina decididamente por el versículo, realza el estribillo enfático en forma de apóstrofe aunque, eso sí, sigue fiel a su estética anterior: «No busco el verbo raro ni la palabra extraña…».

En su etapa más larga de exiliado en México publica poemarios que son el eco de su espíritu exaltado y profético. Después del polémico y reivindicativo La insignia –que leyó en el Congreso de Escritores por la defensa de la Cultura en Valencia y en Barcelona durante la guerra civil- desgrana otras obras que marcarán su peregrinación definitiva por el continente americano y evidenciarán la ruptura con sus raíces –El hacha– y el profundo dolor de un desarraigo que será ya definitivo.

En Español del éxodo y el llanto (1939) el poeta cambia de voz y de registro y se convierte en profeta que grita en el desierto de la soledad y la distancia. Una voz que seguirá siendo profética y que pregonará sin tapujos cual un viento bíblico que surca los caminos como esa desgastada piedra, cual un Quijote desencantado a lomos de Rocinante. Este es el marbete de su último libro póstumo. Pero antes nos deja una antología que sintetiza en cierto modo sus preocupaciones anteriores. Porque ¡Oh, este viejo y roto violín! (1966) conserva todavía su ímpetu juvenil y retorna con nostalgia y tono reflexivo al espíritu bíblico, al destino azaroso del caminante, al aliento whitmaniano y al dolor de vivir desterrado y casi enterrado en vida.

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