El mapa de un hombre

Por ALAN ROMERO

Unamuno, al escribir Niebla, asume la condición de Dios, de creador omnipotente y omnisciente. Lleva el juego de una novela, con personajes y trama, a su estadio supremo. Unamuno, en este libro, cultiva un culto a la personalidad muy propio de los artistas. Al crear, el artista está asumiendo un papel irresistible de juzgador y tiene la responsabilidad sobre sus personajes. El hombre que escribe Niebla concibe la literatura como un juego, y es este un texto endiablado, en el que el escritor nos comunica el acto creador con una lucidez extrema, asumiendo su condición de personaje. Al emplazarse a sí mismo dentro de la novela, revaloriza la importancia del autor. No sólo nos deja ver la creación de la novela como acto impuro, destrozando todo rigor y sacándonos de la lectura a patadas, sino que aparece él mismo, con adustez de doctor, para diagnosticar la enfermedad del personaje principal, que es también la suya y la de todos: nuestra mortalidad.

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El juego de Unamuno es fascinante, pues incluye la ficción como un estado natural del ser humano. La realidad es la ficción de Dios, y el propio Unamuno parece divertirse tirando los dados que decidirán el destino, aciago o feliz, de los personajes que pueblan sus libros. La metaliteratura, aparece como un ejercicio supremo. Todo es fruto del azar, ordenado por una inteligencia arbitraria, que coloca a cada uno dentro de un escenario en el que, según palabras de Shakespeare, nosotros seríamos los actores. La reflexión sobre los propios libros, su creación, y los cerebros que se dedican a juntar esas palabras, son el motivo esencial de los diarios íntimos, en la que los escritores asumen la función de explicarse a sí mismos y a los demás. La literatura, una vez eliminado el rigor de una historia que lo encaje todo, puede ser coherente y libre, y es, sin duda, un acto de honestidad, en el que el escritor no tendrá la misma posibilidad de esconderse.

Al dejar en marcha la fluidez del pensamiento, con sus idas y venidas, los diarios se convierten en un ejemplo extraordinario sobre la egoísta y extraña personalidad de los seres humanos. En su Diario íntimo, Unamuno reflexionaba, aterrorizado, sobre el absurdo de la existencia, y parecía sufrir la atroz angustia que asumía el protagonista de la conmovedora San Manuel Bueno, mártir. Unamuno va juntando estas reflexiones, que, siguiendo el hilo lógico de sus miedos, producen un lúcido acto creativo, en el que el terror se refuerza a sí mismo al tomar cuerpo en las palabras y en el texto. La compleja psicología unamuniana, que era la de un cristiano egoísta, personalista, y de inmensa vanidad, le convertían en un personaje que debía luchar cruentamente contra todo lo que conformaba su persona. Todo lo que le había hecho ser Unamuno, se encontraba en contradicción con los postulados de un Dios, que le hacía dudar sobre su pureza, y le sumía en una reflexión constante sobre su propio destino.

La literatura de Unamuno puede divertirse jugando con el lector, pero también puede atormentarle con las hondas lucubraciones, frutos negros de una mente retorcida, obsesiva, y que dibujan genialmente sus textos. La nivola, de la que habla Unamuno, no es más que una forma de entender la literatura como lugar de estancia del autor. La literatura despilfarra la personalidad, el personalismo y el totalitarismo de un hombre (nada menos). Al final, la literatura más pura es la que genera el contenido con el hilo estético de las palabras, y conducen al lector a nuevos horizontes. Relámpagos, de Eduardo Martínez Rico, es otro ejemplo de novela desestructurada, que nos lleva a un terreno árido, brutalizado por sus punzadas verbales, las sensaciones insólitas y el aislamiento psicológico.

La nivola es la modernidad, que salta de un lado al otro del texto, encajándonos en un universo personal, lo que resulta más audaz que el interesar al lector por un reclamo publicitario. Es, entonces, cuando la figura del escritor se torna suprema, pues importa más su concepción del mundo que el propio libro. Es una estrategia a largo plazo, conseguida por artistas con auténtica personalidad, y que transmiten la misma a sus libros. Los volúmenes que despliegan y extienden la figura única de un autor son una entrega más de las obsesiones estéticas y vitales de un hombre determinado, anclado en una época y entorno, de modo que cada nueva obra es una coordenada diferente dentro de un mapa temporal. El número, en este caso, sería más ilustrativo que el título de la obra, numerando una nueva pieza, como cuando el director Takeshi Kitano, en «Flores de fuego», inicia la película con un letrero que cambia el título de la historia a un exacto Volumen 7.

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