Para una poética de Bob Dylan

Por DANIEL ARANA

El 9 de junio de 1970, vestido de riguroso negro, Bob Dylan recogía en la universidad de Princeton su doctorado en Música. El rector adujo que en su obra estaba «la auténtica expresión de la conciencia problemática de la joven América» . Este octubre pasado, Dylan recibía otro galardón, nada menos que el Nobel de Literatura. En medio de la esperada polémica, reaparecen dos imágenes significativas: el músico, en 1975, junto al poeta Allen Ginsberg, visitando la tumba de Kerouac. La otra, también de Dylan, junto al citado Ginsberg y a Michael McClure, afamado poeta surrealista, también beatnik. Hagamos memoria: hace más de cinco décadas que Bob Dylan se subió a un escenario, armado de una guitarra acústica, una armónica y su verbo poderoso. Corrían, empero, mediados de los sesenta y Dylan, siempre innovador, cambiaba su acústica por una guitarra eléctrica, revolucionando así la historia de la música. El resto, junto a sus treinta y siete álbumes de estudio, es leyenda.

gin-dylan

Bob Dylan and Allen Ginsberg at Jack Kerouac’s grave, Edson Cementery

Por el camino, además de su biografía Chronicles y libros con sus letras, aparece en 1971 la compilación de poesía y prosa experimental, Tarantula. Dylan es automáticamente incluido en diversas antologías de poesía norteamericana, y los estudiantes universitarios de literatura, a lo largo del mundo, hacen todavía hermenéutica de sus letras, en forma de tesis. El poeta de hoy es aquel cantautor primerizo que clamaba así:

¿dónde has estado, hijo mío de ojos azules?

¿dónde estuviste, mi joven querido?

he tropezado con la ladera de doce montañas brumosas

he caminado y me he arrastrado sobre seis auto pistas hendidas

he andado en medio de siete bosques tristes

he estado ante una docena de océanos muertos

me he adentrado diez mil millas en la boca de un cementerio

También el que se deja mecer en el verso alucinado de McClure, convirtiendo sus mejores canciones en lienzos de trazo surreal. Sirva la letra de «Sad Eyed of the Lowlands»:

Los reyes de Tiro con su lista de reos

esperan en fila por sus besos de geranio,

y tú no sabías que sucedería de este modo,

pero, ¿quién de ellos quiere realmente besarte?

Con tus amores de niñez en tu alfombra de me dianoche,

y tus formas españolas y las drogas de tu madre,

y tu boca de vaquero y tus tapones de toque de queda,

¿quién de ellos piensas que podría resistirse?

Dama de los ojos tristes de las tierras bajas

donde el profeta de los ojos tristes dice que ningún hombre viene.

Mis ojos de almacén, mis tambores árabes,

¿debería dejarlos junto a tu puerta

o debería, dama de los ojos tristes, esperar.

Entre el visionarismo de Blake, los metafísicos ingleses, el viejo profeta Whitman, la vitalidad dolorosa de Dylan Thomas (por quien el músico cambió su apellido original, Zimmerman), el misticismo oriental de Ezra Pound o el simbolismo de T. S. Eliot (a estos dos últimos los puso directamente a pelear en esa otra sinfonía magistral, de nombre Desolation Row), pasando por Rimbaud o François Villon («I am a lonesome hobo» parece casi un homenaje a este poeta vagabundo). También de los combativos beatnik, del que nos parece deudor, en mayor o menor medida . Ha leído, en definitiva, algunos de los nombres más importantes.

Su obra musical está plagada de referencias, como pequeñas pinceladas, y lo mismo que le lleva a titular una canción tal que una novela de Nathanael West (Day of the locusts), incluye velados homenajes al cine (la frase «Don’t look for me, I’ll see you») o a su ídolo Dylan Thomas en «All Along the Watchtower» («Business men, they drink my wine/ Plowmen dig my earth»). Dylan ha escuchado también toda la música de su país, desde las raíces del blues hasta el pop moderno. Hablamos de alguien que ha sido, además, cantante de góspel, bluesman y hasta crooner. Alguien que, como Dylan, lo ha sido todo para no querer ser nada. El viejo bardo, el poeta esquivo y errabundo sigue de gira, pues esto es lo único en lo que parece creer, y quienes hemos tenido el privilegio de verlo y escucharlo en más de una ocasión, sabemos que en el escenario no sólo canta, sino que recita. Dicen que eso es lo que hacen los poetas.

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