El decadentismo de Wilde en la poética de Luis Cernuda

Por MARINA CASADO

A pesar de la brecha generacional que separa la figura de Oscar Wilde de la de Luis Cernuda -Wilde falleció en 1900, y dos años más tarde nacería Cernuda-, podemos establecer una interesante analogía entre ambos, tanto en su obra como en sus circunstancias vitales. Lo más destacado en el terreno personal sería el dandismo -o culto a la elegancia- que ambos profesaban, su desprecio por la moral convencional, su homosexualidad y el haber nacido en un entorno caracterizado por la ausencia del padre.

En sus respectivas obras literarias, las semejanzas quedan reflejadas de forma mucho más fiel, lo que nos podría conducir a relacionar el decadentismo cultivado por Wilde con la poesía cernudiana. La literatura decadentista o de fin de siglo nació como una reacción al Modernismo, en el que imperaba el optimismo. El Decadentismo, sin embargo, constituye un culto al fracaso, al pesimismo, a la sensación de declive existencial. Aspiraba a liberar al arte de las limitaciones sociales, y extender esa libertad a las costumbres morales. Incluye a los poetas simbolistas franceses –Mallarmé, Verlaine, Huysmans, Rimbaud– y a algunos esteticistas ingleses –Downson, Lionell Jonhson y Oscar Wilde.

wilde

El yo poético cernudiano posee numerosas características comunes con el héroe decadentista, comenzando por la conciencia de pertenecer a una minoría selecta y exquisita: la de los poetas. Para Cernuda, no pueden ser poetas más que aquellas personas elegidas por la Naturaleza, en un instante de deslumbramiento casi divino, a las que ésta les ha otorgado el don de la poesía. En «Belleza oculta», un texto perteneciente a Ocnos, describe ese instante de revelación poética, que tiene lugar en la infancia:

El peso del tesoro que la naturaleza le confiaba era demasiado para su solo espíritu aún infantil, porque aquella riqueza parecía infundir en él una responsabilidad y un deber, y le asaltó el deseo de aliviarla con la comunicación de los otros. Mas luego un pudor extraño le retuvo, sellando sus labios, como si el precio de aquel don fuera la melancolía y aislamiento que lo acompañaban, condenándole a gozar y a sufrir en silencio la amarga y divina embriaguez, incomunicable e inefable, que ahogaba su pecho y nublaba sus ojos de lágrimas.

El don de la poesía se convierte así, a la vez, en una maldición, porque la capacidad transmitir la «belleza oculta» de las cosas al resto de la humanidad, que no puede captarla por sí misma, conlleva necesariamente la soledad y el aislamiento, como si el poeta contemplara el mundo a través de un cristal. Este distanciamiento de los demás conduce a Cernuda a un rechazo hacia esa humanidad a la que no se siente pertenecer, un rasgo también marcadamente decadentista.

La característica común más obvia con el decadentismo es, sin duda, la actitud pasiva del sujeto hacia la vida: su imposibilidad de autorrealizarse. En Cernuda, el yo poético también se encierra en sí mismo, adoptando una posición pesimista, indolente, invadida por el hastío o el spleen. Numerosos poemas y textos en prosa hacen referencia a la indolencia, a la incapacidad para intervenir en el devenir de su propia existencia. En el poema «Nocturno yanqui» queda reflejada esta idea:

Sueña ahora,
si puedes, si te contentas
con sueños, cuando te faltan
realidades.
[…] Un bostezo.
Pausa. Y el reloj consultas:
Todavía temprano para
acostarte.
Tomas un libro.
Mas piensas
que has leído demasiado […]

Estás solo
frente al tiempo, con tu vida
sin vivir.

También el desprecio hacia la moral burguesa, tan sustancial en Cernuda, es un rasgo presente en la literatura decadentista. En las obras de Wilde o Huysmans hallamos una tendencia natural del héroe hacia lo que el resto de la humanidad contemplaría como «perversiones». Cernuda, igual que ellos, es consciente de esta diferencia en las perspectivas cuando por ejemplo, en el poema titulado «El mirlo, la gaviota», admite:

 Tiernos niñitos, yo os amo;
Os amo tanto, que vuestra madre
creería que intentaba haceros daño.

Por último, en ambos casos la muerte se presenta como única salida: existe una atracción
inmensa hacia el abismo. En Cernuda, el fin de la existencia supone el fin del sufrimiento que produce en el sujeto la idea del amor no correspondido:

Donde habite el olvido,
en los vastos jardines sin aurora,
donde yo sólo sea
memoria de una piedra sepultada
sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Sin embargo, la afición de los decadentistas por los espacios cerrados y la artificialidad se invierte totalmente en la poética de Cernuda, donde la Naturaleza y sus elementos, lo que no está contaminado por el materialismo, es para él un ideal.

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