El futuro, siempre peor

Por LUIS H. ORTEGA

En la distopía propuesta por Anthony Burgess en La naranja mecánica (1962), asistimos a un mundo en el que los valores humanos se hallan extintos —de ahí el adjetivo «mecánica» del título—. La ausencia de humanidad o la tendencia a alejarse del sentimentalismo constituye el punto en común con otras famosas distopías, como la de 1984 de Orwell o Un mundo feliz de Huxley.

La historia comienza en Londres, en alguna época futura —también 1984 se desarrollaba en Londres—. Un Londres decadente, plagado de mendicidad, de delincuencia. Mientras escribo, adivino que el lector no podrá evitar traer a su memoria los fotogramas del filme de La naranja mecánica: aquellos cielos tormentosos, las aguas grises y deprimidas del Támesis, los degenerados grafitis del edificio donde vivía nuestro «entrañable» antihéroe, Alex DeLarge, interpretado por un genial Malcolm McDowell. En mi humilde opinión, la adaptación cinematográfica de Kubrick de 1971 complementa perfectamente la novela de Burgess, y mi análisis parte de una combinación de ambas versiones. La obra de Burgess, la película de Kubrick, narran las desventuras de un delincuente juvenil, Alex, que tras cometer un asesinato es encerrado en prisión. Allí, se ofrece voluntario para un experimento llevado a cabo por el Ministerio del Interior; un experimento conocido como «la técnica Ludovico», con el que prometen «curarlo» de su inclinación a la violencia. El tratamiento, basado en el conductivismo, es cruel hasta límites insospechados.

la-naranja-mecanica-tratamiento-ludovico

Lo que plantea la obra, por tanto, son dos cuestiones. La primera: ¿es posible «curar» la maldad? La segunda: ¿resulta moral utilizar técnicas inmorales para conseguir erradicar la maldad? En otras palabras: la vieja cuestión maquiavélica acerca de si el fin justifica los medios. Burgess responde al final de la obra: la maldad no se cura; lo que consiguen los científicos que someten a Alex al tratamiento no es convertirlo en una persona bondadosa, sino cortar de raíz su tendencia a la violencia haciendo que asocie esa violencia a un daño directo contra su persona. Transformarlo en un robot, en un ser teledirigido que responde a un proceso inducido de «acción-reacción». Alex, al final de la obra, se recupera del tratamiento y demuestra que su naturaleza malvada permanece inamovible. Solo en el epílogo de la novela —que no se reproduce en la versión de Kubrick—, comprende que no le conviene seguir practicando la delincuencia y desea reinsertarse de forma efectiva en la sociedad, al ver a un antiguo «drugo» convertido en un ciudadano normal. El final queda abierto así a la esperanza. Pero es Alex quien decide, por su propia voluntad, cambiar. Como decía al comienzo de este artículo, merece la pena subrayar un factor esencial a la hora de interpretar la obra: la humanidad, la sentimentalidad, no se encuentra en ningún personaje: todos son seres deprimidos o sombríos, envueltos de cualidades negativas. No solo el antihéroe y su depravada pandilla de «drugos»; también el cínico asistente social, carente de empatía; los padres de Alex, que no demuestran siquiera un asomo de afecto por su propio hijo; los malévolos científicos que llevan a cabo con el muchacho el terrible experimento «Ludovico»; el ambicioso e interesado Ministro del Interior. Incluso las víctimas de la maldad de Alex, el mendigo y el escritor, desarrollan un sadismo inquietante, que ponen en práctica con Alex cuando este resulta totalmente inofensivo y vulnerable. La bondad, la empatía o la compasión son valores que no aparecen en ningún momento de la obra.

Al final, debemos entender la distopía de Burgess en el mismo sentido que la de Orwell o Huxley. ¿Cómo?, preguntaréis. La respuesta se halla en la propia palabra «distopía», que es antónima de «utopía». El Diccionario de la Real Academia Española define la distopía como una «representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana». Quedémonos con el adjetivo «negativas». Un futuro negativo, una situación presumiblemente peor que la actual. Cuando una sociedad no avanza, sino que se pervierte, se pudre o entra en decadencia, es que algo no se ha hecho bien. Burgess, Orwell y Huxley eran terriblemente conscientes de que algo en su presente, en el presente desde el que inventaban futuros decadentes, no se estaba haciendo bien. Y trazaron esos futuros ficticios, pero posibles, para avisar a sus congéneres, para ponerlos en alerta. ¡Eh, hay algo que no estamos haciendo bien! ¡Algo que nos aleja de nuestra condición de seres humanos y nos acerca a las máquinas, a los robots teledirigidos!

La distopía de Burgess, igual que la de Orwell o la de Huxley, se debe entender así: como una crítica a su presente. Como una llamada a nuestra humanidad más profunda, más primigenia, a la que aferrarnos. Como un grito profético de alerta, un grito que continuaría vigente en nuestros días. Terriblemente vigente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s