La Sorpresa esperada de las Terceras Elecciones

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Por Alicia Murillo

El fantasma de una terceras elecciones está comenzando a coger consistencia dejando una estela de investiduras fallidas, acusaciones multidireccionales sobre “bloquear España”, memes acerca del sorpasso y declaraciones sobre logros apartistas.

Se comienza a reflexionar acerca de las bondades de la herramienta democrática, como si las urnas fueran un extraño oráculo que, a más intentos, acabará proporcionándote el futuro que deseas.

La mayoría ya declara la evidente incompetencia de los políticos para llegar a acuerdos, o conseguir formar un gobierno, al tiempo que asume que “si la cosa no cambia” puede que no sea dramático hablar de cuartas elecciones.

Despropósitos aparte, lo que realmente resulta inexplicable es como alguien puede sorprenderse de que acudamos a unas terceras elecciones.

Si se medita un segundo, es evidente por qué a estas alturas entre unos y otros, del color que sean, son incapaces de obviar diferencias, limar asperezas y darse un estrechón de manos que lleve a movilizar de nuevo un gobierno que no sea en funciones.

Desde que se oyó el escopetazo de salida y los partidos políticos comenzaron sus respectivas campañas en la búsqueda de votos y un posicionamiento “novedoso” en el espectro político, la estrategia de todos los representantes era clara: nos bombardeaban por todos los canales informativos contando las trampas del adversario, sus defectos y sus trapos sucios. Desde el primer momento todos han impulsado campañas de desacreditación como si se tratara del juego de la patata caliente: C’s atacaba a Podemos; Podemos al PSOE, este al PP; y el PP a la izquierda en general.

En esos momentos todos los dirigentes políticos se atacaron de muchas formas, obviando en sus discursos que podría darse la posibilidad de encontrarse ante una representación parlamentaria que obligase a negociar con esos mismos representantes a los que estaban criticando.

Esto puede ser lo de menos, es algo que hemos vivido y aquí aparece el espíritu pragmático que se está apoderando de los cuatro partidos mayoritarios: las cosas cambian, y se debe cambiar con ellas. Sin embargo, ¿hasta qué punto es correcto que un partido político modifique su actitud después de unas elecciones?

PSOE y Podemos han sido el deleite del público durante las campañas electorales, casi como si quisieran protagonizar el debate de La Sexta Noche, y ahora empieza a aparecer en su vocabulario la palabra “concesión”. Mientras C’s aseguraba que era imposible que pactara con el PP por su larga lista de errores, y ahora les “recuerda” que Rita Barberá debe dejar el Senado para mantener el acuerdo.

Es evidente que los políticos deben cambiar sus palabras y la forma de relacionarse con el resto de partidos si queremos conseguir un gobierno, pero no se trata de que hagan estas modificaciones después de la visita a las urnas, si no todo lo contrario: que sean fieles a todo lo que dijeron antes de acudir a votar.

Si mi partido político me prometió no pactar con otro concreto, y me ha convencido con su programa electoral, debe mantener su palabra a costa de unas terceras, unas cuartas y unas quintas elecciones. Porque voté a ese partido por lo que decía, y lo que prometió.

El voto que mandamos en las urnas no tiene letra pequeña. Los partidos no deberían decirnos una cosa al principio, para más tarde, modificar todo lo que han dicho. Por otra parte, la solución tampoco pasa por escudarse en la palabra dicha para negarse a cambiar de idea.

Ser político es un trabajo y un servicio público; y como en cualquier otro trabajo, para poder desempeñarlo hay que estar, al menos, ligeramente preparado… y eso significaría informar en todo momento a los votantes de cuál es la intención del partido. Dentro de esa intención revelada habrá oportunidades para sentarse a negociar, o plantarse en líneas rojas. En las negociaciones, la cuestión nunca ha sido que ellos consigan un pacto, si no de mantener en la medida de lo posible lo que ofrecieron a los ciudadanos.

El concepto pacto político parece haber sido inventado exclusivamente para este año electoral. Pero el problema de las terceras elecciones no es el pacto. El mayor error de la política Española es que los cambios se comienzan a efectuar cuando la cabezonería deja de funcionar.

¿Terceras elecciones? Perfecto. Que digan realmente con quién se tiene la intención de pactar, (porque todos sabemos que en solitario no se va a cambiar nada)… y que esta vez digan la verdad.

Votaré en consecuencia por Navidad.

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