Relectura de Rubén Darío

Por JOSÉ LÓPEZ RUEDA

El modernismo es un movimiento que me ha interesado especialmente en mis estudios sobre poesía hispanoamericana por ser, según sabemos, el primer aporte original de Hispanoamérica a la poesía escrita en español. Ya nadie discute que en este campo el liderazgo pertenece a los poetas trasatlánticos y que los nuestros se asimilan el nuevo lenguaje y las nuevas formas de versificar. El papa de la religión modernista, el gran nicaragüense Rubén Darío, fue el primer poeta que para mí tuvo importancia y vida fuera de las aulas. Mi tío Baldomero, representante de alfajores y polvorones, pero artista in péctore, nos recitaba a sus hijos y a mí —quinceañeros a la sazón— con religioso entusiasmo «La marcha triunfal», «Los motivos del lobo» y, por supuesto «Margarita está linda la mar»… A lo largo de mi vida profesional he seguido frecuentando a Darío y yo también pudiera hacer mía aquella célebre frase de Juan Ramón Jiménez: «Cuánto Rubén Darío en mí…»

En 1967, para celebrar el centenario de su nacimiento, me dediqué a releer todo Rubén Darío. Lo que más me llamó la atención fue el tremendo esfuerzo de aprendizaje realizado por el poeta. A los dieciocho años se había leído gran parte de los poetas clásicos españoles y había escrito la mitad de lo que hoy constituyen sus poesías completas. Esa primera mitad está construida en muy variadas y rigurosas estructuras de la métrica tradicional castellana y de esa difícil ascesis salió Rubén Darío dueño de lo que la poesía tiene de sabiduría artesanal. Ya con el oficio aprendido, el enorme poeta que había en él voló a completar su formación por otros cielos, sobre todo parnasianos y simbolistas y en 1888 pudo por fin publicar Azul, una obra que se parecía muy poco a lo que había leído en los viejos textos castellanos y que venía a dar un brillante y decisivo impulso a la corriente modernista.

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Mi relectura del poeta cristalizó en un trabajo que titulé «El ruiseñor errante», en el cual destacaba el frecuente uso que hace Rubén en su obra de la mitología clásica grecolatina. Todo es símbolo en el gran nicaragüense —advertía yo entonces—. Su alma sedienta de hermosura sensual halla en los viejos mitos de Grecia el lenguaje más apropiado para entonar su espléndido himno polifónico a la vida terrestre. En Rubén Darío la mitología no es hojarasca muerta como en muchos poetas barrocos. El creador de Cantos de vida y esperanza inyecta savia nueva a los dioses y los antiguos símbolos helenos recuperan en su obra la prístina fuerza inquietante. De todas formas, por su uso arquetípico de la mitología y de la historia, Rubén Darío pertenece aún al siglo xix. Por eso trabaja con viejos símbolos. Será después de su muerte, ocurrida en 1916, cuando la nave de la humanidad, con un golpe de timón inspirado, navegará por nuevos derroteros, entrará en otra era.

Es instructivo comprobar cómo durante las primeras décadas del siglo xx, a la vez que surge una nueva concepción física del universo, nace un nuevo tipo de pintura, de poesía, de música. El viejo lenguaje de las artes, las viejas mitologías, quedarán en parte archivadas. Lúcidos creadores como Picasso, Bretón, Strawinsky, sacan símbolos nuevos de las profundidades del espíritu. Cubismo, dadaísmo, surrealismo, destierran a las viejas deidades. Es el ocaso definitivo de los dioses.

¿Te enternece el azul de una noche tranquila?
¿Escuchas pensativo el sonar de la esquila
cuando el Angelus dice el alma de la tarde?

Primer terceto del soneto «A Juan Ramón Jiménez»

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