La mujer a través del tiempo

TERESA ALONSO ALONSO

El hombre, como cuerpo social de género, ha ensalzado o repudiado a la mujer, dependiendo del lugar en el que se situara. Y esta forma de ver el hecho femenino, desde la perspectiva de género, le ha llevado incluso a reformar la sociedad en su propio beneficio. Cuando decimos «desde la perspectiva de género» queremos puntualizar que no hablamos de sexo, aunque a veces se utilice éste. Con el sexo se nace, con el género no; el género se hace al igual que las ideologías. La historia no debe ser una «sucesión de sucesos que suceden sucesivamente», antes bien, ha de ser constantemente refundada. Todo lo adquirido por la mujer para conseguir que el varón la trate como igual tendría que ser por parte de ambos, porque en este juego ella representa la mitad de los jugadores. La «cultura» del hombre se trasciende y enriquece en la mujer y viceversa. «Con el sexo de nace, con el género no; el género se hace al igual que las ideologías.» Cuatro mujeres pueden dar testimonio de estas afirmaciones: María de Mazaret, Fortunata y Jacinta (personajes creados por Benito Pérez Galdós) y Ana Ozores (protagonista de La Regenta de Leopoldo Alas Clarín). Cada una de ellas está representando al sexo femenino, no al género. Utilizadas por la religión María de Nazaret, el sexo y la ambición Fortunata y Jacinta, y el poder masculino Ana Ozores.

María de Nazaret

virgen

“La virgen con el niño dormido” – Sassoferrato

Los Evangelios nos presentan a María como la madre de Cristo, mujer joven que por su fe va a ser la madre de El Salvador (según la religión cristiana), y la eleva a una categoría intocable. Nos la describen como única e inalcanzable, en una sociedad donde la mujer no vale nada; el hombre se debe a Dios y la mujer al hombre. Cuando Simone-de-Beavovoir dijo que la mujer no nace, sino que se hace, bien podría estar refiriéndose a María de Nazaret. ¿Cómo encontrar la figura de María si el machismo imperante ha ensalzado tanto a la madre como ha ocultado a la mujer? María se impone como ideal cristiano desde una teología descarnada. A su persona se le ha subido tanto al trono celestial, que es imposible ver su rostro humano. Ante ella, el lenguaje es exclusivamente teológico, confundiéndolo con el histórico. María fue una mujer que vivió la experiencias de este mundo, de su época y de su fe:

  • Siendo joven la vemos prometida a varón. ¿Se había contado con ella para este matrimonio?
  • Su experiencia religiosa es tan profunda, que vive una unión tan fuerte con Dios, que se refugia en ella, aunque no es comprendida por los suyos: siempre por la fundada sospecha de su entorno sobre su concepción.
  • Se casa y pare en un establo a un hijo (de tal palo tal astilla) que vive una experiencia de Dios tan personal, que un día éste desaparece.
  • Pasado el tiempo, María se queda viuda y vive, no ya la pérdida del marido que no sabemos si llegó a amarlo, sino la soledad de la sociedad, y depender, como toda mujer, de los demás.
  • El comportamiento del hijo es cada vez más extraño, hasta el punto que los familiares llegan a creer que se ha vuelto loco. Jesús abandona su casa, su trabajo de carpintero reconocido y comienza a ganarse enemigos. Esta noticias le llega a oídos de María que, además de viuda, se siente huérfana de hijo ya que no llega a llamarla «madre», lo que mas orgullo producía a una mujer en una sociedad que lo único que se valora de ser mujer, es su faceta de «madre».
  • Finalmente pierde a su hijo en la cruz, colgado como un malhechor, y escuchando allí por primera vez la palabra «madre».

En cada uno de estos episodios, resalta la feminidad y la humanidad de María. Es la mujer que aún está por descubrir: valerosa, audaz y bondadosa, que amó mucho y que padeció sin perder la fe y la esperanza. «¿Cómo encontrar la figura de María si el machismo imperante ha ensalzado tanto a la madre como ha ocultado a la mujer?»

Fortunata y Jacinta

La historia de estas dos mujeres, creadas por la pluma de Benito Pérez Galdós, refleja la situación de la mujer en una época donde manda el dinero, la mentira, el qué dirán y el poder masculino frente a la mujer; que sin otras armas que la seducción y el sexo, luchan por ocupar un lugar importante en la sociedad, sin importarle cómo conseguirlo. Cada una de ellas tiene el mismo fin, aunque distintas formas de conseguirlo. Fortunata, mujer de clase baja, inculta y dominada por una familia de ladrones y prostitutas, no tiene otra salida que la prostitución, aunque solapada, pero que muestra un cierto amor hacia Juanito Santacruz, hombre burgués y dominado por las pasiones de todo tipo. Cuando a lo largo de su corta vida y después de muchos engaños y mala vida, Fortunata consigue algo bueno por ser mujer: ser madre, aunque no de su pobre marido. Ante su muerte próxima, se muestra como un alma generosa, confiando a su hijo a Jacinta, esposa de Juanito Santacruz, casada por conveniencia, que se debate entre lo material y la falsa caridad como buena burguesa, y ansiosa por ser madre, algo que la llevará a escalar el mas alto escalón de la burguesía: «ser madre de otro burgués».

Ana Ozores, “La Regenta”

la regenta

Estatua de La Regenta en Oviedo

Personaje creado por Leopoldo Alas Clarín, “fémina” débil, casada también con una persona importante, por medio de un matrimonio concertado por sus tías y que se debate entre dos hombres: de Paz y Mesías; uno, el primero, magistral de la catedral, más conocido por sus enemigo como usurero y dominado por una madre ambiciosa, que trata a Ana como un diamante sin pulir, y se dedica a embaucarla e intrigar con ella a través de la religión. Mesías representa el orgullo masculino, de hombre macho, que enamora a todas las mujeres como un trofeo de su virilidad. Entre estos dos personajes se debate Ana que sufre crisis de todo tipo: religiosas, por las cuales enferma, y amatorias que la llevarán, a lo largo de la historia, a terminar con la muerte violenta de su marido a manos de Mesías. Esta mujer se asemeja, en su forma de pensar y de actuar, a Sofía (Sonia) Alexandrova, protagonista de Guerra y Paz de Fiódor Dostoyevski, también huérfana y criada con la familia de Julio Rostov, que intenta dirigir su vida y hace que ella se debata en una lucha trágica entre el bien y el mal.

Es verdad que esta visión de una mujer dominada por el hombre, el poder y los sentimientos religiosos, y que sólo adquiere valor con el título de «madre», es, al parecer, sólo como algo del pasado, pero hoy, en nuestros días, y aunque a lo largo del siglo xx y en los inicios de este siglo xxi se han superado algunas barreras: trabajo, independencia. Esto es un mero espejismo, pues aún el hombre sigue predominando socialmente en muchos campos: trabajo, política, poder; y la mujer, a pesar de sus conquistas, está más vista como madre, ama de casa y, en algunos casos, compartiendo dobles tareas, y sufriendo muchas veces por la visión machista de posesión por parte del hombre: violencia de género.

Es un deber y una tarea seguir educando desde la familia, la escuela, y el ámbito político, religioso y social, en la igualdad de género, salvado las diferencias físicas y psicológicas hombre/mujer que cada uno aportan por su naturaleza. Se ha escrito mucho sobre la igualdad del hombre y la mujer, y se han aportado muchas opiniones desde una visión machista: “Al hombre de más saber, una mujer sola le echará a perder” (Cornwell) o “No esperes por la mujer perfecta que no existe, el hombre sí” (Charles Bukowsky). Aunque también las ha habido desde una visión mucho más positiva con respecto a valorar a la mujer en lo que respecta a su igualdad con el hombre, tales como “Sin la mujer la vida es prosa”, de Rubén Darío; o «Sólo los cobardes son valientes con las mujeres» (José Hernández). No podemos concluir este análisis del valor social de la mujer a lo largo de los tiempos, sin hacernos eco de lo que decía sobre ella Concepción Arenal, escritora gallega (1.820 – 1.893) realista, vinculada al pionero movimiento feminista de finales del siglo IXX, activista en Derecho Penal y Penitenciario, y defensora a ultranza de la mujer: «La sociedad, no puede en justicia, prohibir el ejercicio horrado de sus facultades, a la mitad del género humano».

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