El pensamiento de Francisco Umbral

umbralPOR ANA GODOY COSSÍO

A menudo me pregunto qué pensaría Umbral sobre esto o aquello y no hallo respuesta, sino el silencio elocuente de sus libros. Cómo incrustarme en su mente y desentrañar las fibras de sus pensamientos más profundos y esenciales. Cómo asociarlos y ensamblarlos, como si de un puzzle se tratase, para definirlo como pensador, sin que mis palabras se parcialicen con las suyas, o con las de otros, sino que fluyan libremente como él, que estuvo por la vida abriendo su propio camino a la trascendencia.

Ahora que termina el otoño y las calles están cubiertas de una alfombra amarilla, la barredora mecánica del Ayuntamiento recoge, de un lado a otro, aquellas hojas caídas, vestiduras de otros tiempos. Se me ocurre que Umbral hacía lo mismo con los conceptos, ideas y reflexiones críticas que encontraba en cada página durante sus copiosas lecturas. Gracias a su voracidad como lector, desarrolló los sentidos y un agudo instinto para captar todo lo que su sensibilidad le permitía: un pensamiento de Sartre, una magdalena de Proust, una sensación de Flaubert, una flor de Baudelaire, un olor de Miller, un color de Rubén Darío, una greguería de Ramón Gómez, un verso de Neruda. Palabras, frases e imágenes que Umbral iba recogiendo con su portentosa aspiradora mental y almacenando en el disco duro de su memoria para procesarlas, al albur de la actualidad y armar piezas únicas de su cosecha, como confiesa el propio Quevedo: «leo en buenos y malos autores; porque no hay ningún libro, por despreciable que sea, que no tenga alguna cosa buena, como ni algún lunar el de mejor nota. Catulo tiene sus errores, Marcus Fabius Quintilianus sus arrogancias, Cicerón algún absurdo, Séneca bastante confusión; y en fin, Homero sus cegueras, y el satírico Juvenal sus desbarros; sin que le falten a Egecias algunos conceptos, a Sidonio medianas sutilezas, a Ennodio acierto en algunas comparaciones, y a Aristarco, con ser tan insulsísimo, propiedad en bastantes ejemplos. De unos y de otros procuro aprovecharme de los malos para no seguirlos, y de los buenos para procurar imitarlos».

Pero, ¿realmente comprendió a Kant, a Hegel, a Schiller, a Heidegger, a Sartre, a Camus? Creemos que supo aguzar el olfato para captar la esencia de todos, como ocurre con el paquete del café. No sólo se deleitó con el aroma de los grandes pensadores, filósofos y escritores, sino que supo combinar los sabores de cada uno para extraer una nueva fórmula de escritura propia, cargada de exquisitas metáforas que perduran en el paladar del lector, como un café cargado.

Umbral, escritor hipersensible con membrana de piel de cordero, se sentaba en su sillón de mimbre y tocaba su tambor de caracteres, tensada por sus tempranas vivencias de posguerra. Producía sinfonías, conciertos o resonancias ásperas en su escritura literaria; otras veces, tañidos hondos, repiqueteantes y atronadores en sus columnas periodísticas y en sus ensayos críticos. A Umbral le dolía el mundo, le atormentaba la posguerra, le punzaba la injusticia, le inquietaba la política; también sentía fascinación por la mujer, devoción mayor que le ha acompañado durante toda su vida. En el fondo, buscaba comprenderse a sí mismo y descubrir la compleja historia de sus pensamientos, sus ideales, sus atávicas y modernas costumbres, sus buenos y malos hábitos.

Umbral no era un astronauta que navegaba a la deriva desconectado del mundo y abrazado solo al espacio literario, al margen del bien o del mal, de la verdad y la mentira, del dolor y la dicha. No. Tenía un corazón que latía al compás de la vida, segundo a segundo, atento a la actualidad social, política y cultural. Siempre dispuesto a abrir caminos a destajo, con el filo de sus frases benevolentes, aseverativas, lapidarias, contestatarias o contemplativas para expresar ideas de todo calibre, como él mismo recuerda: «frívola, mundana, pasajera, humorística, política, grave, crítica, pero en principio […] eso: una corona de palabras». Un hígado irónico y letal para protestar y denunciar abiertamente las injusticias o atropellos. Una doble vena de sangre española: para la queja y el inconformismo y, la otra, para el humor y la ironía que obedecía a la fuerza de su personalidad, a su estado de ánimo y a la marcada libertad que predicaba desde el púlpito estratégico de la prensa.

Aunque Umbral no fue pensador como Hegel, Heidegger, Nietzsche u Ortega y Gasset, sino más bien un exégeta que conectaba su psicología con los acontecimientos actuales, las lecturas y las personas, siempre supo encontrar, a través de su heterogénea colección ajena, pensamientos fecundos y lúcidos, soberbias imágenes y una brasa de calor para calentar su frío cuerpo y arropar su desangelada alma de niño-adulto. En sí, el caudal de su pensamiento no perdura, sino en su original estilo, último estadio de su obra creativa iluminada, como genio de la metáfora y la observación «ultrasensible».

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