Ecos del ‘Quijote’ en Hispanoamérica

Illustration to the book Don Quixote de la Mancha by M. de Cervantes, 1863.

Illustration to the book Don Quixote de la Mancha by M. de Cervantes, 1863. Doré, Gustave (1832-1883). Private collection. (Photo by Fine Art Images/Heritage Images/Getty Images)

Por José López Rueda

Entre todos los grandes escritores de la Generación del 98, fue, sin duda, Unamuno quien más se interesó por los países latinoamericanos. El 3  de enero de 1907 publica en La Nación de Buenos Aires un artículo titulado “Don Quijote y Bolívar”, que constituye una reflexión sobre la figura del Libertador, tal como la presenta José Gil Fortoul en su Historia constitucional de Venezuela. Según don Miguel, Bolívar fue uno de los más fieles adeptos del quijotismo y menciona la conocida frase pronunciada por él en sus últimos días cuando le dice a su médico que los tres más insignes majaderos del mundo han sido Jesucristo, don Quijote y él. Así como Aldonza Lorenzo se le convirtió a Alonso Quijano en Dulcinea, el amor de María Teresa del Toro muerta al año de celebrado su matrimonio, tuvo análogas consecuencias en el corazón de Bolívar. La muerte de su amada lo sume en una terrible desesperación que le lleva a un torbellino de viajes y pasiones efímeras hasta que al fin, en palabras de Gil Fortoul, “el alto ideal se apodera de su espíritu, arrastrándolo a la lucha por la libertad de la patria”. Y he aquí –comenta Unamuno- cómo aquella María Teresa ”fue la Aldonza Lorenzo de aquel Quijote americano, y cómo muerta ella se le convirtió en Dulcinea, en la Gloria”[1]. Pues, en efecto, como dice don Miguel en otro texto dedicado a Bolívar en 1914[2], “el quijotesco amor a la gloria , la ambición, la verdadera ambición, no la codicia, no la vanidad del pedante, no el deseo de obtener pasajeros aplausos como un histrión, sino la alta ambición quijotesca de dejar fama perdurable y honrada, le movía.”

Don Miguel recuerda como tremendamente quijotesco el hecho de que el Libertador, a raíz del terremoto de 1812, exhortara a su pueblo a luchar incluso contra la naturaleza si ésta se oponía a sus propósitos revolucionarios. Pero en medio de sus triunfos militares, este gran fundador de patrias, tuvo en sus últimos días su Huerto de los Olivos. También don Quijote lo tuvo. Don Miguel nos recuerda aquel melancólico capítulo 58 de la segunda parte en que don Quijote contempla unas imágenes de santos que dedicaron su vida al ejercicio de las armas. “Estos santos y caballeros profesaron lo que yo profeso…, sino que la diferencia que hay entre mí y ellos es que ellos fueron santos y pelearon a lo divino y yo soy pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece fuerza, y yo hasta agora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos.”

Como en todos los pueblos que hablan castellano, el Quijote ha tenido una gran repercusión en América Latina. Según ha demostrado el gran cervantista Francisco Rodríguez Marín[3], el 25 de febrero de 1605, unas seis semanas después de haberse publicado la primera parte del Quijote, un comerciante embarcaba en la flota que partía para América cuatro cajas de libros que incluían cinco ejemplares de la novela. Por lo que respecta a la popularidad de los personajes cervantinos, el mencionado investigador publicó la relación de una fiesta que se celebró en la pequeña ciudad peruana de Pausa en 1607 donde entre otros personajes célebres representados por los participantes, figuraba un don Quijote acompañado por los principales personajes de la obra. Lo mismo sucedía en España en algunas procesiones que celebraban el dogma de la Inmaculada Concepción. Es decir, que los personajes del libro se habían salido de sus páginas y eran ya figuras populares.

Muchos de los grandes escritores hispanoamericanos han dedicado páginas a la obra cervantina. Mencionemos especialmente en este campo al ecuatoriano Juan Montalvo que en el siglo XIX escribió sus famosos Capitulos que se le olvidaron Cervantes, un ejercicio narrativo en lenguaje quijotesco bastante bien logrado. En nuestro tiempo, todos recordamos el conocidísimo relato de Borges Pierre Menard autor del ‘Quijote’[4], tan cuajado de sutiles observaciones.

Y para terminar, recordaré una pequeña andanza quijotesca en la Universidad Simón Bolívar, en la que pasé tantos años inolvidables y de la que soy profesor jubilado. A principio de los ochenta, dicté un curso sobre  el Quijote durante dos semestres. El objetivo del mismo fue leer y comentar todo el libro. Los alumnos descubrieron que era una obra muy divertida y de no difícil comprensión para un hispanohablante actual. Entre los alumnos había un joven maracucho llamado Cristian Alvarez, que al cabo de pocos años llegó a ser Decano de Estudios Generales en su alma mater y hoy es uno de los más fecundos investigadores venezolanos en el campo de la Literatura. Cristian debió de salir muy quijotizado de aquel curso, porque lleva ya algunos años trabajando sobre libros de caballerías y en 1999 publicó una obra titulada Salir a la realidad: un legado quijotesco[5]. El profesor Álvarez subraya el hecho de que don Quijote no se conforma con ser un lector pasivo, sino que decide imponer en la realidad sus caballerescos ideales de amor, justicia y libertad. Para Cristian, la cultura que nos viene del pasado, sólo se justifica en función del presente y si nos sirve para construir una sociedad mejor donde impere la concordia, la tolerancia, la cortesía, la solidaridad. Lo cualitativo debe prevalecer sobre lo cuantitativo y no al revés como está sucediendo en el mundo moderno. Esta es la lección que un joven latinoamericano puede aprender con la lectura del Quijote.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Obras Completas, Afrodisio Aguado, Madrid, 1958, t. VII, pág. 740.

[2] Ibid., p. 315.

[3] Cf. El ‘Quijote’ y Don Quijote en América, Editorial Hernando, Madrid, 1911.

[4] Cf. Jorge Luis Borges, Obras Completas, Emece, Buenos Aires, 1974, págs. 444 y ss.

[5] Salir a la realidad: un legado quijotesco, Monte Ávila y USB, Caracas, 1999.

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