“Pesadilla” por Martín Rincón

Martín Rincón, colaborador de Aprender a Pensar en Lima.

Martín Rincón, colaborador de Aprender a Pensar en Lima.

No suelo recordar los sueños. Por eso, desde hace un tiempo, he decidido escribirlos ni bien abro los ojos. Aunque sólo lo he hecho en dos ocasiones; esta es la segunda y pertenece a la mañana del 22 de julio.

Caminaba por una avenida de Santa Patricia(1). No sé si era realmente Santa Patricia, pero el lugar por donde caminaba se le parecía mucho. Era una avenida amplia, no tanto por las autopistas que la intercalaban, sino por el extenso jardín con árboles altos que estaba en medio de ellas. Caminaba rápido, como suelo caminar, cuando en una esquina vi a un grupo de personas. Pensé pasarlos, pero uno de ellos venía hacia mí. Al verlo de cerca supe que era peligroso. Todo en él era sombrío y aterrador, su cara -como su cuerpo elástico- generaron en mí duda y pánico. Sabía que ese sujeto no era un humano como cualquier otro. Era un criminal extraordinario o un demonio hecho hombre. Me asusté y la piel se me contrajo. El criminal se me acercaba y tuve la sensación de que se avecinaba una catástrofe. Observé una sonrisa en su rostro, una sonrisa que giraba sin detenerse, como una matraca. Entonces se acercaba cada vez más. Yo no sabía qué hacer; cómo debía reaccionar. Estaba cada vez más cerca y su presencia no era única. Ese sujeto era como veinte sujetos. Sentía y veía más como él. Todos acercándose a mí, con rapidez. Continuaba aterrado, sin saber cómo reaccionar cuando ya los tenía a menos de cinco, cuatro, tres pasos. Entonces, de pronto, volé. Sí. No sé, ni entendí cómo, pero volé. Hecho que extenuó todas mis fuerzas, ya que volar era una actividad nueva para mí y no comprendía cabalmente su ejecución. Sólo agitaba los brazos como una gallina desesperada. Acorralada entre el hombre que le torcerá el cuello y la pared. Yo era esa gallina, pero volé. Logré impulsarme por encima de ese sujeto en continua reproducción, pero sólo dos metros. Iba de un extremo al otro del amplio jardín, por instantes me sostenía en uno de esos árboles altos, pero el delincuente no me daba tregua. Aparecía a cada momento. Dejaba uno atrás y frente a mí había otro. No podía respirar, sentía el agotamiento de mis brazos y supe que tenía que hacer algo. Ya no me quedaban fuerzas mientras que él seguía reproduciéndose. Un último esfuerzo me mostró una calle por la que podría escapar del demonio. Pensé dar un rodeo por el jardín oscuro y dirigirme con todas mis fuerzas hasta esa calle. Entonces, sin cuestionarlo más, lo decidí. Tomé impulso, hice el rodeo, desorienté momentáneamente al criminal y llegué a la calle que me alejaría para siempre de esta situación. Pero ni bien estaba a punto de huir, el demonio, extendió uno de sus brazos hacia mí. El brazo creció como una garra y logró alcanzarme. Entonces sentí como me arrancaba un trozo de piel. El brazo había llegado hasta mi pecho sin advertirlo y el dolor me estremeció. Supe entonces que pudo atraparme en cualquier momento si hubiera querido hacerlo, lo supe. Comprendí que había estado jugando conmigo. Cuando ya me había alejado, y sufría el vértigo de ver mi pecho sin piel, torné mi mirada hacia donde estaba él. Su rostro continuaba igual, desfigurado y sin color, sonriente. Sentí como el terror recorría mi alma nuevamente. Pero no por todo lo anterior, sino porque advertí un mensaje que era el siguiente; volveremos a vernos, pero no en este espacio.

(1)Santa Patricia: Urbanización limeña que pertenece al distrito de La Molina.
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