“Contra el hombre”, por Antianira

El pasado mes de abril, el edificio Rana Plaza se derrumbó. Era un bloque de ocho pisos en Savar, un distrito de Daca, la capital de Bangladesh, que albergaba varias fábricas de ropa, un banco y algunas tiendas. Murieron 1.127 personas y hubo más de 2.000 heridos. La palabra ‘catástrofe’ se queda corta para definir este hecho. 1.127 vidas arrebatadas.

Daca, Bangladesh

Daca, Bangladesh

Se puede imaginar, querido lector, que desde un primer momento se escribieron artículos de todo tipo para explicar lo ocurrido. Hubo quién pensó, y escribió, que quizá sería una buena idea dejar de comprar ropa ‘Made in Bangladesh’. Ya sabe usted que cada uno tiene su opinión. Buceen en las hemerotecas, allí encontrarán toda clase de análisis, comentarios, pájaras mentales, etcétera.

A mí hoy me gustaría destacar uno. El texto se titula “Bangladesh, fábricas y pobreza” y el autor es Roger Senserrich. Se publicó en ‘eldiario.es’ y la tesis del artículo era, cito textualmente, “esas mismas fábricas son probablemente lo mejor que le ha pasado a los pobres de Bangladesh en décadas”. Es decir, en vez de cortarme las dos piernas, ahora sólo me cortan una. Dicho de forma más sofisticada: la globalización ha hecho que las fabricas que necesitan mucha mano de obra poco cualificada se trasladen a países donde esa mano de obra es más barata (deslocalización, según los expertos). Y esto ha hecho que la pobreza se reduzca ya que hay una alternativa de trabajo mejor que cultivar el campo de manera tradicional. Los grandes perdedores de la globalización, por tanto, no son los habitantes del llamado tercer mundo, sino los trabajadores sin estudios de los países desarrollados.

Imaginen el revuelo que se armó entre la comunidad de socios de este periódico digital, que tiene una ideología muy determinada. Al paso tuvo que salir la Defensora del Lector que, en ese momento, era Olga Rodríguez. Contestó en el artículo “Lo mejor que les ha pasado a los pobres de Bangladesh” de la siguiente manera:

Probablemente si el autor del polémico artículo estuviera frente a un miserable barrio de infraviviendas de una ciudad de India, en el hogar de una familia pobre de Haití o si pasara unos cuantos días en una fábrica textil de Bangladesh o siguiendo a un médico en un hospital estatal egipcio […] no se hubiera atrevido a decir que ‘aunque la crisis económica en Europa ha sido (y será) espantosa, el resto de la humanidad está viviendo una auténtica edad dorada’. No hay nada como levantar la vista de los libros de teorías empeñadas en justificar lo injustificable y observar de cerca la realidad para poder describir el mundo, para poder sentirlo, para poder entenderlo. Por eso sería interesante que quien defiende la explotación como un mal menor e inevitable, pase una temporada conversando y conviviendo con obreros que trabajan por 30 dólares al mes o menos.

Por favor, querido lector, lea los dos textos. Pero ya le adelanto que yo, ahora, no quiero entrar a valorar quién tiene razón y quién no. Como ya le comenté en el número 0 de esta revista, mi objetivo no es otro que explicar, mediante ejemplos extraídos de los medios de comunicación, las distintas falacias. Y hoy toca una muy sencilla de identificar, pero que aún así se sigue utilizando con mucha (demasiada) frecuencia. Se trata del argumento ad hominem, ‘contra el hombre’ en latín. Consiste en rechazar una afirmación porque su autor tiene una u otra cualidad que le invalida para opinar. La estructura es muy sencilla:

  • A afirma B (Senserrich dice que las fábricas textiles de Bangladesh, con sus salarios y condiciones laborales pésimas, son lo mejor que les ha pasado a los habitantes de este país)
  • Hay algo que se puede cuestionar de A (según Olga Rodríguez, Senserrich nunca ha visitado una fábrica textil en Bangladesh)
  • Luego B es falso (Rodríguez afirma que, por tanto, la tesis que sostiene Senserrich es falsa).

El asunto no es tan sencillo. Nada nos dice sobre la falsedad de la tesis de Senserrich el hecho de que este hombre no haya pisado en su vida una fábrica en Bangladesh (que quizá sí lo ha hecho, yo qué sé). Pero, ojo, tampoco nos dice nada sobre si es cierta su hipótesis. Las circunstancias personales de este autor, o de cualquier otro, no nos aclaran nada, nos nos dicen absolutamente nada, cuando se trata de argumentar este u otro hecho. Este ‘pseudoarguemento’ no refuta ninguna afirmación, lo único que hace es descalificar el origen, la raza, la educación, la orientación sexual, la riqueza, la pobreza, el pasado, la moral… del emisor.

Roger Senserrich, autor del artículo “Bangladesh, fábricas y pobreza” , de Eldiario.es

Roger Senserrich, autor del artículo “Bangladesh, fábricas y pobreza” , de Eldiario.es

El ad hominem es una técnica retórica muy poderosa, a pesar de su falta de sutileza, porque en realidad intenta convencer de algo usando el sentimiento de animadversión hacia una persona, en vez de utilizar los datos y el razonamiento lógico.

Insisto, lo digo por tercera vez, es una técnica muy utilizada. Veamos otro ejemplo. El Gobierno de España pretende cambiar la ley del aborto que se aprobó la legislatura anterior. Muchas voces se han manifestado a favor del cambio y, también, en contra. Uno de los argumentos esgrimidos, por aquellas personas que ven en esta reforma un retroceso en sus derechos, es que los obispos y el ministro Alberto Ruiz-Gallardón están escribiendo la letra de esta ley. Es decir, todos hombres. Ninguna mujer. Como los hombres no se van a quedar ‘embarazados’, parece que no tienen derecho alguno a opinar sobre el aborto. Otro argumento ad hominem. Que quizá los obispos no deban inmiscuirse en asuntos legislativos, dada la aconfesionalidad del Estado (es decir, por otro motivo. No bajo el argumento de que los obispos son hombres y no mujeres). Pero el Ministro sí debe. De hecho, para eso está. Pero que sea hombre o mujer no nos dice nada sobre la (¿ausencia de?) moralidad y el amparo legislativo que debería tener la interrupción voluntaria del embarazo.

No debería interesarnos el quién dice qué, sino lo que realmente se afirma o se niega. Esta es una de las razones por las que mantengo mi anonimato en esta publicación. No es relevante quién soy, cómo me llamo, qué he estudiado, a qué me dedico, cómo soy físicamente o con quién me acuesto. Lo relevante, y por lo que ustedes me deben juzgar, es por lo que escribo. Por lo que digo. Y por lo que callo.

Antianira, autora del artículo

Antianira, autora del artículo y corresponsal en Santander de Aprender a Pensar

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